Los maestros olvidados

El economista
18 Marzo, 2009 - 18:04
Eduardo Andere

En la retórica moderna que anda sobre los pasillos de la política escolar mundial con frecuencia escuchamos que las maestras y los maestros son cruciales para el aprendizaje de niños y jóvenes.

Al mismo tiempo muchos sistemas educativos se han reformado alrededor de dos ideas que ahora se profesan como cultos: evaluación y rendición de cuentas. México no es ajeno a esta oleada. Tanto creemos en esto que nos atrevemos a diseñar esquemas de premiación y ausencia de premiación (en lugar de castigo) con base en exámenes estandarizados aplicados a docentes y estudiantes. En este conjunto de propuestas modernizadoras que más se despliegan como caterva que como concierto se enaltecen o destronan las escuelas de acuerdo con su función productiva hacia los alumnos.

En este ir y venir de culpas y disculpas nos hemos olvidado de los maestros y directores. Está bien que pensemos en arreglar las escuelas física, estructural, curricular y humanamente para los educandos y sus aprendizajes, pero las organizaciones que llamamos escuelas deben ser también atractivas, desafiantes, humanas y retribuyentes para los maestros y maestras, directivos y personal de apoyo y educativo. En especial me refiero a maestras y maestros frente grupo y no a docentes comisionados para tareas administrativas o políticas, ya sea en gobiernos o sindicatos.

No podemos pedirle peras al olmo. Cualquiera que visite escuelas en México, públicas o privadas, se dará cuenta de las tristes condiciones en la que nuestros docentes trabajan; en muchas ocasiones con salarios muy por debajo del desafío que exigimos; con condiciones escolares muy endebles por cuanto equipo y materiales; sin ninguna conmiseración respecto de su ser personal y homo sapiens. Muchas y muchos de los grandes maestros y directores escolares de México funcionan a pesar del sistema y no por el sistema. Por supuesto que existen los abusados, los agregados, los invitados, los allegados y los acomodados; los colocados, los colados y los gorrones; los aprendices y los neófitos, a ellos no dedico estas líneas. Me refiero a miles de docentes frente a grupo y directores, algunos de los cuales he tenido el honor de conocer, platicar, intercambiar, observar en su modus operandi cotidiano, que se desgajan por detonar a sus niños; por conservar sus escuálidas y exinanidas escuelas, por encontrar los medios, materiales y fuerzas para enriquecer la enseñanza-aprendizaje.

En estas condiciones no me sorprende que muchos docentes no vean a las escuelas como centros profesionales de aprendizaje, sino como relojes checadores y chocantes de entrada y salida o como centros mecánicos y seriales de trabajo. El mensaje es para los dueños de las escuelas, gobiernos y particulares, y para los congresos de todo el país: las escuelas también son y deben ser centros de desafío, descubrimiento, desarrollo personal y profesional y aprendizaje de las maestras y maestros de México. Necesitamos escuelas donde los niños y sus maestros quieran ir y estar.

eduardoandere.org

El texto original fue tomado de aquí