La lectura como provocación

Crónicas, revista mensual del IPEFH
Cristina Baca Zapata
Fecha 2009-09-01

La enseñanza de la lectura y la escritura, dentro y fuera de la escuela, es de vital importancia para la formación del alumno. Desafortunadamente no se le dedica el tiempo y la importancia suficiente para que el estudiante la asimile gradualmente. Esta falta de atención también se presenta en el ambiente familiar, cultural y social. Por consiguiente, la lectura, sus implicaciones y su promoción, necesitan de una constante y consciente reflexión en todos los espacios mencionados, principalmente en las instituciones escolares, donde su papel tiene que ser repensado.

Es triste y frustrante saber que a pesar de las reformas instituidas a la educación se siguen fomentando los métodos de enseñanza tradicional, en los cuales la labor del profesor y la del alumno se limita a emitir y recibir información, respectivamente. El reto actual es superar los métodos tradicionales de enseñanza. Es necesario que los directivos y maestros tengan una visión integradora de las diferentes disciplinas educativas para lograr un trabajo cooperativo orientado hacia la construcción de una educación sólida, así como actualizar y crear estrategias didácticas que favorezcan el aprendizaje de los contenidos del libro de texto.

Por otra parte, los profesores o mediadores, interesados en lograr que las nuevas generaciones incorporen a su vida cotidiana el hábito de la lectura, están conscientes de que es un proceso muy difícil, se requiere derribar varios obstáculos, el más importante: la resistencia e indiferencia del alumno para consolidar el hábito lector. Por tanto, su labor principal consistirá en mostrar al escolar que la lectura es deleite, libertad, no una pérdida de tiempo. Hay que despertar a como de lugar el interés del presunto lector, quizá este interés le conduzca a convertir la lectura en su amiga más íntima.

La enseñanza de la lectura tiene que ser algo más que un adiestramiento. El acto de leer implica una comprensión, mas no una decodificación, de los signos impresos en una hoja. Por ende, la labor del profesor es atender, mejorar, fomentar y ayudar a elevar el nivel de comprensión de la lectura. El compromiso más grande que tiene un mediador de literatura es encaminar al alumno por los senderos de ésta, hay que hacerlo partícipe de ese mundo mágico cargado de sorpresas infinitas, desconocidas, de todas aquellas cosas placenteras y fortuitas para el alma, de esa riqueza invaluable que proporciona la literatura al ser humano.

Es cierto que el hábito de la lectura se consolida dentro de un tiempo y espacio determinados, en la mayoría de los casos es la familia y la escuela. Si bien el gusto por ella se da de manera espontánea, el niño requiere de la intervención de un adulto que le diga que puede hacerlo y cómo hacerlo, quien, además, debería ser el encargado de construir una red de contactos hacia la misma. Las primeras personas más cercanas son los padres, de ellos depende, en gran medida, que sus hijos se interesen por la lectura. Esto puede lograrse sólo si los padres se comprometen con la enseñanza de la misma, porque si no tienen el más mínimo interés por esta actividad, difícilmente podrán guiar al niño en el proceso de formación lectora.

La escuela es la otra entidad inmediata al niño, aquí complementa su formación, va construyendo y consolidando sus saberes. En este ambiente, tanto el profesor como la institución deben asumir un compromiso con la lectura, su práctica no será obligatoria y mecánica, acorde con las exigencias de los planes y programas de estudio. Por el contrario, se trata de que la institución se convierta en un mediador y promotor de la misma, no sólo en el área de literatura o español, sino en otras materias, pues a través de ella el alumno puede aproximarse a otro tipo de información. Particularmente, el profesor de literatura tiene que hacerse responsable con su materia y con su grupo, debe transmitir con entusiasmo y pasión el amor a los libros. Asimismo, intentará que la clase no sea aburrida, debe tener, en lo posible, activos a sus alumnos, es decir, invertirá los modelos de enseñanza tradicional; como bien lo dice José Romera Castillo el docente será: “Un orientador, un sembrador de semillas, no un señor feudal. [Por tanto] desterrará el dogmatismo”, (Romera, 1992: 147).

Por otra parte, el maestro hará todo lo posible para que sus alumnos tengan un encuentro placentero día a día con la lectura. Buscará los momentos y espacios adecuados para la práctica de este acto, sin olvidar que no tiene que ceñirse a métodos rigurosos y limitados que puedan coartar la imaginación y deleite del alumno hacia la lectura. Además, tomará en cuenta los gustos y las inquietudes de sus alumnos para hacer una buena selección de los materiales, ya que en muchas ocasiones de eso depende la empatía o antipatía hacia la lectura.

El profesor debe hacer ver al alumno que la lectura es una forma de conocimiento. La literatura nos ofrece una gama inimaginable de emociones, aventuras, diversión, libertad... En este sentido se pretende que la lectura comience como una provocación para que el niño se acerque a los libros, así paulatinamente vaya haciendo de ella un hábito libre y no obligatorio, y, a la postre, pase a la etapa de la afición, aunque esta última, en la mayoría de los casos, no logra consolidarse: “Las aficiones forman parte de lo electivo y su ejercicio está más vinculado a las circunstancias personales que lo están los hábitos. El hábito se ejercita con rutinaria frecuencia y se interrumpe excepcionalmente” (Arizaleta, 2003: 15).

El texto original fué tomado de aquí.