La treinteañera Escuela Nacional de Antropología

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Judith Amador Tello

MÉXICO, D.F., 8 de diciembre (apro).- Ahora que la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) está celebrando su 30 aniversario, vale recordar que la antropología mexicana ha contado en su historia con célebres personajes, como Alfonso Caso, Manuel Gamio, Gonzalo Aguirre Beltrán, Ricardo Pozas, Guillermo Bonfil Batalla y Margarita Nolasco, por mencionar algunos.
Tras la Revolución, la antropología social mexicana estuvo ligada estrechamente al indigenismo y fue poco a poco, y no sin irse haciendo serios cuestionamientos sobre su práctica y sus propósitos al intentar “educar” o incorporar al indio al proceso de “desarrollo” nacional, que fue abarcando en sus estudios otros grupos de la sociedad.
En el ensayo “¿El estudio de la pobreza es ciencia subversiva?”, compilado en las obras escogidas de Bonfil Batalla, editadas por el INAH, el antropólogo autor de México profundo menciona algunos trabajos pioneros de ese cambio, como el de Miguel Othón de Mendizabal acerca de los pepenadotes, y Juan Pérez Jolote, de Ricardo Pozas.
Pero el ensayo se centra propiamente en un libro que levantó ámpula hacia mediados de los años sesenta: Los hijos de Sánchez, de Óscar Lewis, que no es propiamente el estudio de caso de una familia, sino de varias de ellas que bien podrían representar --dice Bonfil-- el estudio de la pobreza, de “un tipo particular de vida en el que participan (para aquel momento, vale aclarar) más de mil millones de personas de 75 naciones de Asia, África, América Latina y Cercano Oriente”. Un libro que se convirtió, para sorpresa del ámbito antropológico --acostumbrado propiamente a leerse entre sí--, en un best seller.
La antropología social, determinó el investigador en otro de sus ensayos, está vinculada con otros campos del quehacer científico y social, como la sociología, la ciencia política, la economía y las comunicaciones. Y planteó, evocando sin duda las misiones para explorar territorios “ajenos”, que se hacían anteriormente:
“El mundo del antropólogo… está mucho más cercano a él de lo que la romántica imagen tradicional lo presenta. Ya no son más los mundos remotos y exóticos… el antropólogo se halla inmerso en su propio ámbito de estudio. Investiga su propia sociedad --compleja, diversa, contradictoria. Para nosotros, la antropología social no puede ser un escape, la puerta estrecha que la cultura occidental abre para que por ella se fuguen transitoriamente los inconformes y los disidentes. Pertenecemos al mundo que estudiamos, no en el sentido genérico y abstracto de una filiación a lo humano, sino en el muy inmediato y concreto de formar parte de un sistema social dado y participar de las formas culturales correspondientes, que son en su estructura, en su dinámica, en su interrelación, la materia prima de nuestro quehacer científico.”
Y como parte de los festejos por sus 30 años, la ENAH realizará un encuentro de exalumnos, en el que se analizarán las transformaciones a lo largo de estas décadas del trabajo antropológico en México, en función de los cambios sociales nacionales e internacionales.
El foro lleva el título Encuentro de exalumnos para conmemorar 30 + 1 Generaciones de la ENAH en Cuicuilco. Análisis y perspectivas de tres décadas de trabajo antropológico.
A decir del antropólogo Alejandro Villalobos, exalumno y ahora director de la ENAH (dependiente del Instituto Nacional de Antropología e Historia), la antropología se ha transformado en las últimas tres décadas en función de las nuevas demandas y problemas nacionales.
La ENAH tuvo su origen en 1938 con la creación del Departamento de Antropología de la Escuela de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional (IPN), ubicada entonces en el Casco de Santo Tomás. Un año después se mudó al Antiguo Museo Nacional de Antropología, en la calle de Moneda, en el Centro Histórico. Ese año se creó el INAH y en 1942 se incorporó a esta institución.
En 1946 la escuela adoptó su nombre actual y en 1964, al construirse el actual edificio del MNA en Chapultepec, con un innovador diseño del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y la participación de buena cantidad de museógrafos, como Íker Larrauri, Mario Vázquez y Alfonso Sotosoria, entre otros, se traslado a su actual sede, en la esquina de Periférico y Zapote, en Tlalpan, a un costado de la Zona Arqueológica de Cuicuilco.
Muchísimos de sus egresados, algunos ahora convertidos en investigadores del propio INAH y de otras instituciones de enseñanza superior del país, siguen practicando “estudios subversivos” al aportar conocimientos sobre las condiciones socioeconómicas y culturales de las diversas comunidades del país.